Certero
y veloz como una flecha, el clavadista apenas agitó el agua. Tras unos
segundos, aquel joven apuesto emergió del fondo, y regresó al trampolín para
seguir practicando. Del otro lado de la alberca, Augusta Caramelo bebía un bloody mary. Se preguntaba si ella sería
capaz de contorsionar el cuerpo en el aire y acomodarse para no caer de
panzazo. El seseo de las olas se apreciaba a lo lejos, la tarde se consumía y
ya no hacía tanto calor. El clavadista volvió al trampolín, tomó más altura e impecablemente
entró al agua. Augusta bebía con cadencia el bloody mary. El siguiente clavado la sorprendió porque el joven
alcanzó una altura semejante a la del hotel, que contaba con quince pisos. “¿Se
te subió el vodka?”, se preguntó, pero al tercer clavado el joven comenzó a dar
vueltas en el aire, elevándose cada vez más, superando ampliamente la altura
del hotel. Augusta, con el vaso de bloody
mary pegado a los labios, no perdía de vista aquel punto negro que le
recordó a los globos extraviados en el estratosfera. La bebida se le terminó,
lo mismo que la paciencia ante la
tardanza del clavadista, cuya silueta era imposible distinguir a la luz del
crepúsculo. Augusta se marchó a su habitación y se durmió.
A la mañana siguiente, armada
con un nuevo bloody mary, regresó a
la alberca y se acostó en el mismo camastro. Notó que a diferencia de la tarde
anterior, la alberca estaba llena de niños que chapaleaban dando brazadas
desiguales. Cuando terminó de untarse el bronceador, Augusta miró hacia el cielo.
Distinguió la silueta que ya regresaba para cumplir su destino. Descendía
despacio, o al menos así lo notaba ella, que se preguntaba si por la caída, el joven
podría controlar la velocidad y la postura. Los niños empezaron a jugar a la
ronda acuática. Cuando ya se apreciaba la marca del traje de baño del
clavadista, una voz anónima gritó al descubrir que un bulto descendía a toda
velocidad. Los niños, paralizados al observar al hombre que giraba, sólo
atinaron a extender el círculo de la ronda, el clavadista corrigió la postura y
penetró en el agua sin mayores problemas. Los bañistas aplaudieron la temeridad
de aquel hombre, quien, segundos después, emergió del fondo y se marchó.
Augusta Caramelo se bebió de un
sorbo el bloody mary, y fue a su
habitación. Empacó sus cosas, canceló la reservación y se fue a otro hotel, que
se distinguía del resto por contar con albercas techadas y sin trampolines.

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